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Más Allá de la Felicidad

¿Qué existe más allá de la felicidad como propósito del viaje?


Escrito por Martín Araneda

Durante muchos años se ha hablado del turismo como la industria de la felicidad. Siempre me atrajo esa idea. Viajar está profundamente asociado con momentos de alegría, descubrimiento, descanso y celebración. Pero algo en esa definición me hacía ruido.

Quizás porque la felicidad no es el fin último de la vida.

La felicidad ocurre. La experimentamos en determinados momentos y precisamente por eso puede ser tan valiosa y buscada. Un paisaje que nos emociona, una encuentro con la cultura y cosmovisión, el silencio/sonido de un bosque. Momentos preciosos, pero también fugaces.

Nadie vive permanentemente feliz. Cuando convertimos la felicidad en un objetivo de consumo permanente, corremos el riesgo de confundir una vida plena con una sucesión interminable de experiencias placenteras. Y el turismo tampoco está ajeno a ese riesgo: podemos terminar consumiendo destinos y lugares del mismo modo en que consumimos objetos y minerales, sin detenernos realmente tomar conciencia de lo que estamos produciendo

Viajar puede ayudarnos a escapar de nuestra rutina, pero también podría ayudarnos a regresar a ella de una manera diferente. Esa distinción lo cambia todo.

Desde el turismo regenerativo pensamos que viajar puede convertirse en una herramienta al servicio de la vida, capaz de generar condiciones para el bienestar de las personas, las comunidades y la naturaleza. Esto implica cambiar la pregunta. Ya no solo cómo hacemos feliz al viajero, sino cómo puede esta experiencia ayudarlo a conectarse más profundamente con la vida.

El diseño de experiencias regenerativas trabaja desde tres relaciones: con nosotros mismos, con los otros y con la naturaleza. Al alejarnos de nuestra rutina podemos escucharnos de otra manera. El encuentro con nuevas personas puede ampliar nuestra comprensión del mundo. Y la inmersión en un paisaje vivo puede recordarnos algo que muchas veces olvidamos, que somos y pertenecemos a la naturaleza, y no estamos separados de ella. El viaje deja de ser simple desplazamiento. Puede convertirse en encuentro con un lugar, con otros, con nosotros mismos.

Cuando eso sucede, comenzamos a experimentar algo diferente a la felicidad momentánea: un sentimiento de pertenencia a la vida, a la humanidad, a algo más grande que nosotros mismos. Y ahí aparece una de las posibilidades más profundas del turismo regenerativo: contribuir a la realización humana.

La realización no significa vivir permanentemente felices. Tiene que ver con algo más fundamental: despertar y alcanzar el potencial inherente que cada persona lleva dentro. Con encontrar un sentido profundo de quiénes somos, qué valoramos y hacia dónde queremos dirigir nuestra vida. Con construir una existencia que sintamos coherente con aquello que somos capaces de ser. En ese camino, la plenitud no es un estado que se alcanza de una vez: es lo que vamos experimentando cuando vivimos alineados con ese potencial. Pero la realización no termina en lo personal.

Un lugar también puede realizarse o empobrecerse. Una cultura puede florecer o marchitarse. Una comunidad puede despertar su potencial o verlo ignorado. Territorios, ecosistemas y personas comparten esa misma posibilidad, la de alcanzar aquello que son capaces de ser cuando se dan las condiciones adecuadas.

Desde esta perspectiva, el turismo regenerativo busca despertar las capacidades inherentes de los lugares que visita. La vitalidad de su naturaleza, la riqueza de su cultura, el conocimiento y los saberes de su gente. No llegar a un destino a consumirlo, sino a reconocer lo que ya existe en él, nutrirlo, contribuir a que prospere, y a que pueda tener un buen vivir.

Una experiencia regenerativa no pretende imponerle una transformación al viajero ni al lugar. Diseña las condiciones para que algo pueda emerger en ambos, crea tiempo y espacio, facilita encuentros, activa los sentidos. La realización no puede garantizarse, pero podemos crear las condiciones que la hacen posible.

El futuro del turismo quizás no esté únicamente en ser la industria de la felicidad, sino en convertirse en una actividad capaz de contribuir a la realización de las personas y de los lugares: despertando el potencial de quienes viajan y de quienes los reciben, de las culturas que se encuentran y de los paisajes que los albergan.

Porque quizá un buen viaje no sea solamente aquel que nos hace felices mientras ocurre. Quizá sea aquel que deja algo vivo en nosotros cuando regresamos, y en el lugar cuando nos vamos.

Martín Araneda M.
Consultor & Facilitador de Turismo y Desarrollo Regenerativo.

Cofundador de la Iniciativa Global de Turismo Regenerativo y Camina Sostenible.

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